
-Yo no debo nada a nadie...y menos aun, por un beso - dijo él.
Ella le miró, sin suplicar, sin pedir, sin exigirle que se quedara a su lado, sin pestañear si quiera, sin dolor, pero también sin alegría.
-Pero...-continuó- si me das una razón para quedarme, para que crea ciegamente en ti, para que me de cuenta de que seremos felizes eternamente...Ni siquiera te pediré que me la repitas. Te lo prometo.
Ella suspiró, dejando que su aliento se volviera niebla en el aire invernal, cerró los ojos, suavemente. Parecía la muñeca más frágil del mundo. Y, aun así, él sabía que no lo era.
Ella se acercó, caminando sobre la nieve, dejando esas suaves huellas bajo sus pies.
Le besó. En la mejilla.
No fue un beso pasional, no fue un beso como los de antes. Ella sufría y, aun así, era como si se hubiera aprendido de antes esa historia, esa escena...
Se volvió, como si aquello nunca hubiera pasado, entonces él lo entendio: había tomado la decisión por ambos.
Se quedó allí, solo, bajo la luz parpadeante de una farola solitaria. Sonrió para si, se lo había buscado al enamorarse de ese espectro vagabundo que tan rápido como había llegado se había ido.
Ni siquiera había dejado una firma.
Mientras se iba, con aquel extraño sabor que la melancolía dejaba en la boca, se ´consoló pensando que cualquiera podia domesticar a un ángel, pero muy pocos podian llegar a amar a un Angel de Alas Negras.
Aunque, por eso mismo, se le resquebrajara el corazón a cada paso que daba.
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